El planteamiento del problema siempre ha sido sencillo y la consecuencia, absoluta. Una sentencia del mundo sobre el ser humano; gracia y castigo al mismo tiempo: vuela. Cuida con el calor del sol. Cuida con la sal del mar. Pero vuela.
En la sala del tanatorio, encima de la mesita de centro, hay un jarrón con girasoles.
Nerea se siente caer. Si es por el sol o por el mar, no lo tiene claro.
"¿Nerea? ¿Estás bien?" Sandra le toca el brazo.
El olor debería molestarle, pero lo que le incomoda son los girasoles. Se queda mirándolos. Tienen esa inclinación terca hacia la ventana, como si no supieran dónde están.
Nerea se pasa la uña del pulgar por la yema del índice sin darse cuenta - el tallo áspero, el campo, la carrera de vuelta a casa con la flor entre las manos. Aprieta los dientes antes de que el recuerdo llegue entero.
No contesta.
Sandra la coge de la mano. Es un agarre suave, sutil. Tira de ella ligeramente y Nerea se mueve sin pensarlo hacia la puerta, siguiendo el levísimo impulso desde la ingravidad del caer.
Salen de la sala juntas.
Cuando Nerea se gira para ver la sala vacía a su espalda una última vez, el jarrón está lleno de ababoles.
En el pasillo hay un cuadro con un campo de lavanda que Nerea no recuerda haber visto al entrar. Lo dejan atrás sin pararse.
En recepción, Sandra firma algo en un cuaderno y le devuelve el bolígrafo a la recepcionista. "Ha quedado todo muy bonito", dice, y la recepcionista asiente.
Nerea abre la boca, pero Sandra ya está empujando la puerta y la luz de fuera entra de golpe, como si fuera sólida.
Nerea parpadea. "¿Pero qué coño…?"